El sitio web de la UCLM utiliza cookies propias y de terceros con fines técnicos y de análisis, pero no recaba ni cede datos de carácter personal de los usuarios. Sin embargo, puede haber enlaces a sitios web de terceros, con políticas de cookies distintas a la de la UCLM, que usted podrá aceptar o no cuando acceda a ellos.

Puede obtener más información en la Política de cookies. Aceptar

No todas las dietas basadas en plantas son saludables para el cerebro

19/03/2026
Compartir:  logotipo Twitter

No todas las dietas basadas en plantas son saludables para el cerebro

19/03/2026

Bruno Bizzozero Peroni, Universidad de Castilla-La Mancha; Universidad de la República Uruguay y María Valentina Díaz Goñi, Universidad de Castilla-La Mancha

En los últimos años, las dietas basadas en plantas han ganado popularidad por sus beneficios para la salud y el medioambiente. Cada vez más personas reducen el consumo de alimentos de origen animal convencidas de que comer más vegetales es sinónimo de comer mejor. Sin embargo, cuando hablamos de salud mental, la realidad es más compleja, y no todas las dietas basadas en plantas son igual de saludables para nuestro bienestar psicológico.

Uno de los errores más comunes que cometemos es asumir que eliminar o reducir los alimentos de origen animal garantiza una alimentación equilibrada. Sin embargo, una dieta puede estar técnicamente basada en plantas y, al mismo tiempo, estar dominada por productos ultraprocesados como bollería, refrescos, snacks salados, cereales refinados y sustitutos vegetales altamente procesados.

Las dietas vegetales saludables están caracterizadas por un alto consumo en frutas, verduras, legumbres, frutos secos, aceite de oliva, cereales integrales y té, entre otros alimentos de origen vegetal mínimamente procesados. Al mismo tiempo, presentan un bajo consumo de productos de origen animal –como grasas animales, lácteos, carnes rojas y procesadas, aves u otros derivados– y de alimentos vegetales poco saludables o ultraprocesados.

Las dietas vegetales no saludables también limitan la ingesta de productos de origen animal. Pero, a diferencia de las anteriores, se asocian con un mayor consumo de bebidas azucaradas, dulces, harinas refinadas, patatas fritas y otros ultraprocesados de origen vegetal. También con un menor consumo de alimentos vegetales saludables.

Esta diferenciación resulta crucial, dado que la calidad de los alimentos importa tanto o más que el hecho de que sean de origen vegetal.

Qué dice la evidencia científica más reciente

Para analizar cómo distintos tipos de dietas basadas en plantas se asocian con la salud mental y neurocognitiva, realizamos una revisión sistemática y un metaanálisis que incluyó datos de más de 700 000 adultos procedentes de distintos países.

Los resultados fueron claros: las dietas basadas en plantas saludables se asocian con una menor probabilidad de ansiedad, depresión y malestar (distrés) psicológico en estudios transversales. También con un menor riesgo de deterioro cognitivo y demencia en estudios de seguimiento a largo plazo.

Por el contrario, las dietas vegetales poco saludables podrían resultar perjudiciales para la salud mental y neurocognitiva.

Es importante subrayar que no se analizaron dietas vegetales estrictas (como las vegetarianas o veganas), sino patrones dietéticos basados en plantas. Es decir, se consideraron dietas vegetales saludables aquellas que implicaban un mayor consumo de alimentos vegetales de alta calidad nutricional y una menor ingesta tanto de alimentos vegetales no saludables como de productos de origen animal.

¿Por qué la calidad de la dieta afecta a la salud mental?

Existen varias explicaciones biológicas plausibles. Las dietas vegetales saludables aportan fibra, antioxidantes, polifenoles y grasas insaturadas. Se trata de nutrientes con efectos antiinflamatorios y antioxidantes que favorecen la salud cerebral.

Además, estos componentes podrían influir positivamente en otros mecanismos como la microbiota intestinal, un actor clave en el eje intestino-cerebro y en la regulación del estado de ánimo.

En cambio, las dietas ricas en azúcares añadidos y productos ultraprocesados pueden provocar picos de glucosa, inflamación de bajo grado y alteraciones metabólicas. Todo ello se han relacionado con síntomas depresivos y deterioro cognitivo. Aunque sean de origen vegetal, este tipo de alimentos no dejan de ser opciones poco favorables para la salud mental.

Qué implicaciones tiene todo esto para la vida diaria

Nuestros resultados no cuestionan los beneficios de reducir el consumo de alimentos de origen animal, pero sí invitan a ir un paso más allá. No se trata solo de comer menos carne o más vegetales, sino de elegir bien qué alimentos vegetales ponemos en el plato.

Priorizar frutas, verduras, legumbres, frutos secos y cereales integrales, a la vez que limitamos los ultraprocesados –aunque lleven etiquetas verdes o veganas–, puede ser una estrategia acertada. No solo para la salud física, sino también para prevenir problemas de salud mental y deterioro cognitivo a largo plazo.

Un mensaje clave en un momento crucial

En un contexto de creciente interés por el vegetarianismo, el veganismo y la sostenibilidad, este mensaje resulta especialmente pertinente. La transición hacia dietas más basadas en plantas es una oportunidad para mejorar la salud poblacional y ambiental, pero solo si se acompaña de criterios de calidad nutricional.

Nuestro estudio sugiere que una dieta basada en plantas, saludable y no restrictiva podría desempeñar un papel en la reducción del riesgo de síntomas asociados a trastornos mentales y neurocognitivos. Sin embargo, es importante interpretar estos resultados con prudencia. Aunque los hallazgos son prometedores, la evidencia disponible todavía presenta limitaciones y es necesario contar con más estudios longitudinales que confirmen estas asociaciones.The Conversation

Bruno Bizzozero Peroni, Investigador postdoctoral, Universidad de Castilla-La Mancha; Universidad de la República Uruguay y María Valentina Díaz Goñi, Predoctoral researcher, Universidad de Castilla-La Mancha

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

Volver